Te recuerdo, Antonia, sin haberte conocido.
resiento, Antonia, porque coincidimos.
pero ni el rencor ni la memoria
me parecen monumentos suficientemente justos
a la irreverencia de tu voz,
a tu rostro para siempre joven,
a la resonancia estruendosa que te sobrevive
en la Río Piedras masacrada.
pensarte, Antonia, es repasar el efecto que tienen
las palabras precisas en la inconciencia de los opresores.
teorizar qué sería de nosotros tras un grito colectivo;
plurísono; sin delays abismales entre sí.
o convocada una marcha de gargantas
decidida a desarmarlos de falacias,
y enfrentarlos con la rabia a flor de boca.