Callar los deseos en medio de la superstición que nos lo conceda,
encerrarlos en la caja del pecho
a merced de la vida
es una trampa más de nuestra psiquis,
hija bastarda de un sistema enajenante
que nos quiere deseosos por el ímpetu,
por el inevitable afán de movimiento,
aún cuando nos agrilleta a lo esencial de su miseria.
Me excuso por no dar tiempo a esclarecer las jerarquías del deseo.
Por relegar a la intuición la interpretación de este escrito que es el mío.
Es que pensaba que el silencio puede servir de techo, de almohada,
pero ni la más sepulcral de las mudeces
servirá jamás como muralla,
pues la historia es un silbido que se cuela
por la grieta de los labios del cemento.
Quiro decir
que deseé escuchar poesía
entre gritos y murmullos,
aunque tengo que reconocer
que existen silencios poéticos
como este: